Miguel Mañara
- Myosotis Rowan
- 28 nov 2017
- 3 Min. de lectura

A veces, muchas veces, por mejor decir, los naturales de un pueblo o ciudad creen conocerlo todo por el mero hecho de haber nacido allí, haber vivido allí toda su vida y haber escuchado tocar campanas sobre tal o cual asunto sin saber exactamente dónde tocaban. Una servidora no es una excepción. Muchas son las leyendas y las historias que circulan por Sevilla de este personaje, don Miguel de Mañara; historias que se mezclan con las leyendas y el conocimiento popular, que muchas veces también es desconocimiento. Puedo decir abiertamente y sin vergüenza, que hasta que no he leído esta biografía, no he sabido quién era realmente Miguel de Mañara. Y, como todo, cada vez que se espulga en la vida de una persona, sin su previa licencia, lo que abrimos es una caja de Pandora, de donde saldrán tantos demonios como ángeles. Al fin y al cabo, eso somos todos: cajas de Pandora. Y es terrible ser conocido y exponerte, años más tarde, al juicio de aquéllos que lean tu vida sin haberte conocido y que no sea de tus propios labios. A pesar de que Francisco Martín Hernández es admirador de Mañara, no duda en desvelar ciertos escabrosos pasajes de su vida, no ya de jovenzuelo, sino de hasta dónde le lleva su celo por cuidar a los pobres y ampararlos. Y esto, expuesto al juicio público, o a mi juicio, consigue, que, a pesar de innegable alegato de esta obra sobre la persona de este sevillano, no pueda yo dejar de ser abogada del demonio y pensar si realmente fueron tan desinteresadas las acciones de Mañara. Si no responderían, quizás, a filias psicológicas y profundas, tabúes o desconocidas en aquél tiempo. Sin querer empañar por ello los hechos de Mañara y de su obra, la admiración por su persona, teniendo en cuenta el contexto histórico, inclina la balanza favorablemente. Tras leer este librillo ahora aprecio mucho más el Hospital de la Caridad (si es que ello era posible ante esta maravilla escondida de Sevilla), no sólo como monumento, sino como toda una simbología a la bondad y el desprendimiento del que los seres humanos somos capaces de llegar a veces. Sinopsis: En 1962, los diarios "Arriba" de Madrid y "Sevilla" de la ciudad hispalense publicaban una crónica del corresponsal de Pyresa en Roma, Jaime Campmany, con este sugerente título: "Más de mil Causas de canonización o beatificación esperan la decisión de la Iglesia". Entre otras cosas, afirmaba en ella que "los sevillanos no podrán adorar a Mañara. La legendaria figura del Don Juan penitente y caritativo, de disipada juventud y piadosa vejez, seguirá viviendo y renaciendo en el eterno retorno del mito literario más fecundo de la humanidad y en el ejemplo de caridad de su hospitalaria fundación, pero a la niebla que envuelve su biografía no se unirá el incienso de las canonizaciones". Para Ernesto Giménez Caballero sigue siendo Mañara el "dinamitero de la virginidad" y el "burlador de la pureza de la mujer". Ramón J. Sender, entre bromas y veras, hace decir a uno de sus personajes que Mañara no es otro sino un "calavera y escandaloso, que antes de morir se arrepintió y dejó su fortuna a los jesuítas". Machado se quiere justificar a sí mismo diciendo que "ni un seductor Mañara ni un Bradomín he sido". Y Camilo José Cela, aún sin caer en la tentación de confundir ambos personajes, nos deja esta sorprendente y desenfadada descripción: "Don Miguel Mañara fue un personaje importante pero de gestos grandilocuentes y poco simpáticos, quizás por excesivamente espectaculares y literarios, en el que la soberbia trató siempre (y en vano) disfrazarse con el ascético y resignado ropaje de la humildad".