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Federico García Lorca, poeta y amigo
- Myosotis Rowan
- 29 jul 2018
- 2 Min. de lectura

Hasta hace muy poco, más o menos una semana, no he entendido a esas personas que dicen admirar a otras por la valentía de abrir un libro en otro idioma o con una temática un poco más complicada. ¿Valentía? ¿Acaso el libro va a explotar, va a morder a alguien, lo va a asesinar, a arruinarle la vida? ¿Por qué ese miedo por ciertas lecturas o temáticas? Si no gusta, si es demasiado difícil, se cierra y en paz.
Y, sin embargo, hay que temer a la lectura. Hay que temerla y de hecho se la teme cuando se queman libros o se prohíben ciertas lecturas. Ahora entiendo ese miedo, aunque quizás el que yo he experimentado es muy distinto a los miedos de los que he hablado más arriba.
Hay que temer a los sentimientos dentro de las páginas, al dolor que plumas diestras consiguen que sientas, viviendo su propio dolor. Hay que temer esa herida que se abre de pronto, como si jamás hubiera cicatrizado bien. Esa herida que no sabíamos que teníamos hasta que alguien, sutilmente, la abre, dejándola hipersensible, en carne viva, hasta sentir el alma latiendo dentro de ella. Y es que hay cosas que se leen y de las que un@ no sale indemne. De alguna forma no vuelve a ser el mismo.
Alberti consigue que el lector sienta el dolor por la pérdida de ese amigo tan mágico, tan indispensable que fue Lorca. Te habla y sientes nostalgia por volver a tenerlo, aunque jamás lo conocieras... aunque sí que lo conoces. Porque las lecturas son las voces del pasado, que te hablan desde el más allá, que dan a conocer a la persona aunque no esté ya, aunque nos separen siglos. Es el alma, la mente clara latiendo entre ellas.
Y por eso se teme a la lectura. Porque el libro es la única prolongación de la mente y el alma.
Sinopsis:
Si la prosa es el lugar perfecto para los recuerdos de un vitalista, la palabra suele ser el reino de sus apasionamientos. Quede esta aquí, en homenaje a una amistad ejemplar y como símbolo de una de nuestras más brillantes épocas literarias.